Nostalgia

No podía tener más de 70 años, pero el cabello níveo y la ausencia de dientes le hacían parecer mayor. No obstante, esa falta era la razón de que, en ese momento, su tímida sonrisa estuviera poniendo en riesgo el control de mis emociones.

Tenía que haber ido al pueblo más a menudo, cuando no había otro motivo que el de disfrutar de una tertulia con la familia al calor de la chimenea y de un café con pastas de la tierra. De golpe extrañé las juergas con los amigos de mi adolescencia, los cubatas y las rumbas que bailábamos en pareja, las carreras desenfrenadas que nos pegábamos delante de las vaquillas en los encierros organizados por el ayuntamiento durante las fiestas patronales  —anunciados, como todos los temas importantes, a golpe de pregón—, y hasta aquella música pachanguera de bombo, platillo y acordeón que hoy añoraba, pero que por aquel entonces me producía cierta vergüenza ajena.

Ese día me encontraba en el pueblo extremeño donde nacieron mis padres, en pleno corazón de Cáceres y lindante al Parque del Monfragüe. El lugar donde pasé la mayoría de las vacaciones escolares para visitar a mis abuelos, y donde un verano, recién entrada en la edad de la adolescencia, aprendí a reconciliarme con el sexo opuesto.

La noche anterior, hermanos, tíos, primos, sobrinos y nietos habíamos recorrido cientos de kilómetros desde diferentes localidades de España para acudir a dar el último adiós al miembro de mayor edad de nuestra gran familia. Atrás quedó la época en que nos reuníamos todos con motivo de una comunión o una boda. El paso del tiempo ha modificado esta circunstancia y lo natural, en el presente, es coincidir en la despedida de nuestros mayores. Y por mi parte, ni siquiera entonces, tal es mi desarraigo familiar.

Pero esta vez no podía faltar; ni trabajo, ni viajes, ni otras responsabilidades eran excusa. De modo que aquí estaba, en el salón-comedor de aquella casona, de techos soportados sobre vigas de madera y paredes lucidas de blanco, apiñada entre familiares reunidos en torno a una mesa camilla, y con un frío en los huesos tras regresar del camposanto que ni el café ni el brasero a mis pies lograban mitigar.

Mi mirada se había detenido en el hermano menor de mi querida abuela ya fallecida. Era consciente de que hablaba, incluso se reía de algo que comentaba, pero ajena a todo no le escuchaba. Las profundas arrugas en su rostro y la tez oscura hablaban de toda una vida de trabajo en el sector de la construcción. Por su esposa, sabíamos que el sueño lo sorprendía cada anochecer sentado en el sofá y era ella quien se encargaba de despertarlo para que se retirase a dormir. Ahora, nuevos surcos en su rostro me hacían consciente del paso del tiempo; de todo lo que me había perdido. ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que estuve en la pequeña y acogedora vivienda? ¿Cuántos desde el último abrazo y aquellos besos de despedida? “No tardes en venir por aquí, Annie”, fueron las palabras que me dedicó antes de que subiera al coche de mis padres para regresar a Madrid.

Aquel año mi tío abuelo llevaba gafas a la espera de una operación. Ahora, su mirada vivaz no se veía empañada por unas odiosas cataratas y acompañaba a la desdentada sonrisa confiriéndole el semblante risueño de un hombre conocido por su sentido del humor.

Dicen que cuando envejecemos nos comportamos como niños. No estoy segura, pero anclé mi consciencia a tierra cuando el abuelo se disculpó con nosotros y con la misma risa de un niño antes de cometer una travesura, se levantó y salió a la calle para echarse un pitillo a escondidas y así evitar que su mujer le censurase, como pude comprobar minutos después. Mi tío —su sobrino—, comprendió al instante sus intenciones y le siguió a la parte trasera de la casa para hacerle compañía mientras compartían un paquete de cigarrillos.

Fui la tercera en salir, curiosa por averiguar qué estarían haciendo. Y allí estaban, sentados en un poyete, junto a la fachada posterior, riéndose de vete tú a saber qué mientras fumaban. No pude resistirme. Móvil en mano, les llamé la atención y, sin más, se pusieron en pie para que les hiciera una foto.

Hoy, esa foto la guardo con cariño y como recuerdo de la promesa que me hice de regresar al pueblo antes de que termine la primavera. En ella, el abuelo aparece riéndose y señalando con un dedo a la cámara mientras de puntillas intenta mantener el brazo sobre el hombro de mi tío, mucho más alto. Ni los blancos cabellos, ni las arrugas, ni la falta de dentadura eclipsan la felicidad que debía de sentir en ese momento.

Escrito por

Viajar, es mi pasión. La lectura, mi adicción. El café y el chocolate, mi sostén. Familia y amigos, mi conexión a tierra.

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