Un día en familia

Hacer una escapada o juntarnos a tomar algo con la familia, en sentido amplio de la palabra, ya constituye una aventura solo para salir de casa.

Cuando decimos de quedar con mis tíos, que viven también en Madrid, quienes llevan la batuta son mi tía y mi madre, hermanas de sangre. Son ellas quienes deciden dónde vamos. Mi padre, ingeniero de profesión y de carácter controlador, se altera cuando pasan los minutos y vamos con retraso. Incluso cuando no puede venir, está ahí, metiendo prisa para que salgamos cuanto antes o dando indicaciones a mi madre sobre qué trayecto es el más aconsejable.

Con mis tíos, los planes se hacen en el último momento, cuestión que también pone de los nervios a mi padre, aunque con los años haya echado callo en esto.  Incluso a veces, lo acordado un día antes, es de imposible ejecución en el día señalado, como ha ocurrido hoy.

Esta mañana, cuando se supone que habíamos quedado en casa de mis tíos para hacer una barbacoa, mi abuela ha llamado a mi madre para preguntarle si no ha leído el mensaje de mi tía.  Resulta, que (¡oh, qué raro!) había que buscar un plan alternativo: mi tío, también ingeniero, tenía que terminar un proyecto y no deseaba jaleo en casa.

Una vez finalizada la conversación con mi abuela, mi madre revisa los mensajes y lee que mi tía, después de soltar la bomba, avisa que va a sacar a los perros y ya hablarían. ¡Y no se lleva el móvil! Yo llamo a mi prima y tampoco hay suerte. Debe de ser cosa de familia… A mi padre le da por reírse cuando se lo cuenta mi madre. Ya son años de experiencia y las deja por imposible. En cambio, a mí, me da por desesperarme. ¿Por qué tengo que tener una familia tan loca? Así que cuando mi madre, tras mucho aporrear las teclas del teléfono, logra que mi tía se lo coja, abandono todo para ir a su lado y apretar el botón del altavoz, a ver si me entero de algo…

—¿Quieres que vayamos por La Alcarria? Podríamos hacer un recorrido por sus villas y comer en Pastrana o Brihuega —propone ilusionada mi madre.

—No, que conozco a gente del trabajo que vive en Pastrana y no me apetece encontrármelos; además, está algo lejos —responde mi tía.

—¿Y por los municipios de pizarra negra de Guadalajara? —veo a mi madre que ha cogido la tableta y se dedica a googlear por las páginas de los pueblos más bonitos de España mientras charla—. Tardaríamos una hora más o menos.

—Uf, mientras que nos arreglamos y damos allí es la hora de comer. Vamos a llegar muy tarde para no haber reservado mesa.

Miro el reloj y veo que son más de las 11:30 h. No lo entiendo; no nos debería de llevar mucho tiempo vestirnos y salir. Hasta que la línea de teléfono nos trae un ruido que no logro identificar.

—¿Estás comiendo algo? —le pregunta extrañada mi madre.

—Sí, unas bolas de cereales. Están muy buenas.

Yo empiezo a flipar. Casi las 12 de la mañana y mi tía desayunando mientras piensa y planifica con mi madre a dónde vamos. Una pequeña muestra de que las mujeres podemos hacer varias cosas a la vez.

—¡Hoy coméis en el McDonald, ya verás! —grita mi padre desde la habitación contigua. Se ve que también está con una oreja en la conversación que le llega desde el pasillo. Como mi tío no se suma a la excursión, ha decidido no acompañarnos; además, esta noche juega el Real Madrid y eso ha terminado por inclinar la balanza.

Después de varias sugerencias por parte de mi madre y otras tantas declinaciones por parte de mi tía, se llega a un consenso: ella reservará en una marisquería en la localidad donde vive y luego allí, ya se verá. Para darles tiempo a prepararse, seremos nosotros quien nos encargaremos de recoger a mi abuela.

A pesar de ser espoleados por el «daos prisa» de mi padre, salimos tarde —esto también debe de ser cosa de familia— hacia la casa de mi abuela. Pocos minutos antes de alcanzar nuestra primera parada, le advierto mediante un breve mensaje que vaya bajando. Al llegar, se sube al asiento delantero del coche al son del «venga, venga» de mi madre, que no sé qué le ha dado ahora para estar tan espídica. De hecho, salimos quemando goma hacia el municipio donde residen mis tíos. «Pobre del desdichado que se cruce en su camino», pienso tras mandar un beso a mi abuela desde la banqueta trasera del automóvil en que estoy sentada.

Enfilamos para Aluche, y resulta que nos topamos con un control de policía que impide continuar por la avenida y que nos obliga a tomar un desvío que desemboca en una calle estrecha, llena de semáforos, donde hay retención de coches.

—Debe de haber una huelga por Aluche —reflexiona en voz alta mi abuela—. ¿Pero a dónde nos mandan?

—Ni idea. Jamás he venido por estas calles.

A todo esto, entra una llamada por el manos libres del coche y resulta que es mi tía. Desea saber cómo tardamos tanto y por dónde vamos.

—He recogido a mamá, pero nos han desviado. Llama al restaurante para avisarles que no podremos llegar a las dos (ya lo eran), que nos retrasaremos unos tres cuartos de hora.

—Pero, ¡¿qué dices?!  —Ahora es mi tía quien debe de estar flipando—. Es un restaurante bueno, no puedo decir que llegamos tarde y, mucho menos, que nos guarden la mesa una hora. Vamos nosotros para allá, pero daos prisa.

Mi progenitora se ve que se toma al pie de la letra el consejo de mi tía. Acelera, y mi abuela, que parece que se ha orientado, le indica que tome la primera a la izquierda cuando pueda. No ha terminado de decirlo, cuando mi madre da un brusco giro de noventa grados en dicho sentido para salir de la fila de coches y tomar una calle de elevada pendiente.

—¡Uy, uy, eso se avisa! —exclama mi abuela agarrándose del asa del techo—. ¡Carmen! ¡Cuidado con ese matrimonio, que los atropellas! Pero, ¿dónde vas por aquí?

Hay que ver, cuánto admiro a mi abuela; con las hijas que tiene, no sé cómo ha cumplido los ochenta.

—¿No has dicho que cuando pueda gire a la izquierda? Pues eso he hecho —es la réplica de mi madre.

Cuando miro por la ventanilla, observo que lo que antes era calle, ahora es un camino desierto de tierra. Mi madre avanza campo a través toda decidida, sin tener ni puñetera idea de dónde estamos. Tras repetidos saltos y contoneos, hacemos alto al llegar a una torre eléctrica. Si esto no era suficiente para mostrarnos que no íbamos por el camino adecuado, el cementerio que vemos a la derecha sí lo es.

—Anda, anda, da la vuelta; ni se te ocurra seguir adelante —advierte desesperada mi abuela.

Yo no digo nada: el ataque de risa que sufro me lo impide. Mi madre no está mejor que yo. Entre carcajadas, rodeamos la torre eléctrica para regresar por donde hemos venido. De nuevo, saltos y contoneos y, por supuesto, retención de coches.

Con paciencia, aguardamos hasta que vemos que el atasco disminuye un kilómetro más adelante. La “pies ligeros” de mi madre pisa el acelerador y allá que vamos, derechas a la carretera de Extremadura. El tráfico aquí es fluido y, poco después, aparcamos sin problemas frente al restaurante.

No perdimos la mesa, mi tía se encargó de ello. Tras el café, decidimos acercarnos a El Escorial y visitar el Monasterio. Como no podía ser de otra manera, nos quedamos con las ganas porque estaba cerrado. Eso sí, paseamos, nos hicimos fotos y ¡disfrutamos de un estupendo chocolate con churros!

Al regresar a casa, mi padre nos dio una buena noticia: el Real Madrid pasaba a la final de la Copa de Europa.

Escrito por

Viajar, es mi pasión. La lectura, mi adicción. El café y el chocolate, mi sostén. Familia y amigos, mi conexión a tierra.

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