De tacones y caracoles

Este jueves he viajado a Valencia por motivos laborales.

Había quedado con un amigo de la empresa en la que trabajo, a media mañana, en la planta baja de la bonita estación de Atocha —de donde salía el AVE— y no llegaba tarde. Esto último es raro en mí, pero me negaba a volver a correr con mis zapatos de tacón, esta vez por el andén, tirando de la maleta, ante la atenta mirada de los viajeros que ya estarían felizmente acomodados en su asiento.

No podía pedir mejor compañero de viaje. El trayecto se me hizo corto al enzarzarnos en un debate sobre medio ambiente y el papel que juegan, en este ámbito, administraciones y agentes económicos y sociales. No obstante, cuando bajamos en la estación de Joaquín Sorolla, pronto descubrí que mi fiel escudero no había leído a Nicolas Guéguen, ni las conclusiones de sus estudios sobre el comportamiento de los hombres ante féminas con tacones altos.

Dichas conclusiones respaldan, entre otras, la teoría de que, si una mujer con tacones altos deja caer un guante en la calle, tiene cincuenta por ciento más probabilidades de que un hombre se los recoja que si lleva calzado sin tacón. Así mismo, tiene dos veces más posibilidades de persuadir a los hombres a detenerse en la calle que las que no lo llevan.

Sí, sí…

Llegamos a buen puerto, como digo, hacia las dos de la tarde y como dudábamos si pasarnos primero por el hotel o ir directamente a comer, mi compañero llamó a otro conocido de la empresa, quien había tomado un tren anterior y que ya nos esperaba en el restaurante acordado, junto con otro colega de profesión, un valenciano de pura cepa.

—¿Poco más de cinco minutos de distancia? —le escucho decir a Eduardo—, pues macho, no sé qué le pasa al Google Maps que calcula que se tarda veinticinco minutos a pie. Vamos para allá. Y ya después nos pasamos por el hotel, que Annie tiene que cambiarse.

Por supuesto. Íbamos a pasar la noche en esa ciudad, cuyo encanto aún no he descubierto, y el motivo no era otro que asistir a un acto conmemorativo que prometía reunir a todo el sector en el que ambos trabajamos. Aquel comenzaba al caer la tarde de modo que, a diferencia de mi compañero que vestía traje acorde con la ocasión requerida, yo iba cómoda con mis vaqueros, una blusa primaveral y muy femenina con cuello en V, una chaqueta suelta y, paradójicamente, mis zapatos negros de tacón alto. Por acatar la norma de ajustar el equipaje al mínimo, había preferido llevar solo estos zapatos, craso error.

—Vicente nos está esperando en el restaurante. Me ha dicho que está muy cerca de aquí, que no merece la pena coger un taxi. Si te parece, vamos allí primero, no vaya a ser que cierren la cocina —me sugirió, Eduardo.

Acepté encantada porque tenía un hambre leonina. Salimos de la estación, cada uno tirando de su maleta, y nos dirigimos hacia la calle donde se ubicaba el restaurante, mientras él se aseguraba de seguir el trayecto que le marcaba la citada aplicación en el móvil.

Impuso un ritmo rápido, dos pasos suyos eran tres míos, y aunque íbamos charlando, empecé a ser consciente del transcurso del tiempo.  Los cinco minutos se convirtieron en diez, y como suele ser habitual en mí cuando algo me hace mella, mi mente comenzó a divagar. «¡Joder con los cinco minutos! ¿Se habrá orientado bien? Cinco minutos a este ritmo, lo aguanto. Diez, bueeeeeno…, ¿pero cuántos llevaremos ya? ¿No se da cuenta que para mí es un suplicio igualar su ritmo con estos zapatos y tirando de la maleta? Que sí, que tiene ruedas, pero el pavimento es desigual, y a este paso me dará dolor de omóplato…», me lamentaba en silencio.

Llegamos a la Estación del Norte y ni siquiera nos detuvimos a admirar la riqueza ornamental de su fachada. ¿Para qué? Mi compañero, al ver el parpadeo de la señal del semáforo, arrancó a correr: —¡Annie, deprisa, que nos da tiempo! —gritó, exhortándome a que echara una carrera para llegar al otro lado de la avenida.

«Annie, eres tonta, no lo soportes más. Frena en seco, quéjate en voz alta, tírale un zapato, llama su atención, ¡haz algo o esta noche te parecerás a Quasimodo!», pensé, al tiempo que me apresuraba en seguirle los pasos.

Habrían transcurrido unos veinte minutos desde que abandonamos la estación y ya estaba harta de esquivar a transeúntes, y qué decir de la maleta, los tacones y mi educación, la cual me impedía dejar en evidencia a Eduardo. Estaba claro que este pertenecía al grupo de hombres cuyo comportamiento hacia las mujeres no cambiaba en función de la altura de sus tacones. Esto, que en otro momento hubiera considerado digno de encomio, me exasperaba.

Cuando estaba a punto de claudicar y buscar un taxi que nos llevara al restaurante, Eduardo se giró hacia mí para indicarme que, a unos cien metros, estaba Vicente. Por fin, habíamos llegado.

—Pero, ¿cómo me dices que está a poco más de cinco minutos, Vicente? ¿Has venido corriendo desde la estación o qué? —lo cuestionó.

—No, pero más de diez minutos no os ha podido llevar. Valencia es pequeña, todo está cerca, no es como Madrid.

Permanecí en silencio, controlando el torrente de palabras que asomaban a mis labios, ninguna de ellas bonita. Puse una sonrisa en mi cara, y saludé a Vicente con un par de besos. Cuando este nos invitó a entrar al comedor donde nos esperaba el valenciano a quien no conocía, acepté con rapidez.

Registrarme en el hotel antes de asistir al acto, había dejado de ser conveniente para pasar a ser una necesidad. El sol que nos había saludado a la llegada, tras el maratón, no solo me había dejado unas ganas enormes de ducharme, sino de darme a la bebida.

Tras las consabidas presentaciones, pedimos unas cañas al camarero, y cuando las trajo, me lancé sedienta a por la mía y bebí con avidez como si de agua se tratara. Al rato, este regresó para tomarnos la comanda y entonces Vicente expresó su deseo de tomar paella. Los demás, condescendientes, nos sumamos a su propuesta de compartir una paella valenciana como plato principal y nos decantamos por jamón de bellota y un salpicón de pulpo como entrantes. El pan con tomate, tampoco faltó.

Enfrente de mí estaba sentado el valenciano, que nos explicó que la paella típica de la provincia era de pollo y conejo, con verduras.

—Nada de los bichos esos que se añaden en otras zonas del Levante —añadió con tono algo despectivo.

Me costó comprender que por bichos se refería a las cigalas, calamares, mejillones y demás ingredientes que componen la paella de marisco. Mi educación y el saber estar me impidió, una vez más, expresar lo que pensaba, en este caso, que la paella de marisco estaba bien buena y que olé el arroz negro, el arroz a banda y el arroz del señoret.

El alma se me cayó al suelo y los jugos gástricos se amotinaron en mi estómago cuando observé la paella que el camarero depositó delante de nosotros. «¿Caracoles? ¿Por qué nadie avisó que la paella valenciana lleva caracoles? ¿Y si estos no son bichos, qué son?», me pregunté a mí misma.

A la mierda la educación y el saber estar. En segundos olvidé la expresión «allá donde fueres, haz lo que vieres», pues por nada del mundo probaría los caracoles o un plato elaborado con esos, sí, bichos. Solo de pensar en el proceso para limpiarlos empecé a sudar de nuevo. Mi vecino, ajeno al esfuerzo que hacía por no vomitar, nos explicaba amablemente y con detalle el truco para que los caracoles soltasen todas las babas.

«¿Y ahora qué hago?», me dije. Si pudiera, emularía, sin duda, al personaje de Mr. Bean en aquel episodio en que acude a un restaurante refinado y le sirven un steak tartare que le produce náuseas: un poquito en el bolso de la comensal de al lado, otro en el interior de la maceta de la pequeña planta que adorna la mesa, otro en la servilleta….

Menos mal que optamos por no seguir la costumbre de comer directamente de la paella, y aceptamos la propuesta del camarero de servirnos. Eso me dio la oportunidad de aludir la falta de hambre y solicitar una porción muy pequeña, escasa. «¡Bien hecho, Annie! Has sido rápida», me congratulé. El resto de la comida la pasé jugando con los granos de arroz, haciendo como que comía, sin comer, y zarandeando al bicho que me había tocado en suerte por todo el plato. No me atreví a preguntar cuál era la gracia de añadir los caracoles a la paella. Si se limpian tanto como se necesita, ¿acaso no pierden sabor? ¿qué aportan al plato?

Recordé a ese (mal) amigo que tengo en un municipio de la provincia y quien, desde que lo conozco, se jacta de hacer una estupenda paella valenciana. «Pero qué capullo, él conoce mi repulsa a estos herbívoros y no me comentó nada. Si le veo, lo mato…», pensé, aunque sabía que un encuentro con él no sería posible. Con él, nunca lo es.

Después de comer, me separé de mis colegas de profesión y paseé por esa misma calle hacia el hotel, decidida a tomar una ducha y un analgésico, este último como medida preventiva al dolor físico que vaticinaba para la mañana siguiente.

Cuando abandoné el lugar de alojamiento vestida de gala para asistir al acto conmemorativo, me sentía otra mujer. Una sonrisa secreta asomó a mis labios cuando pensé que caminaba con la convicción de que habría un hombre dispuesto a recoger por mí el programa, en caso de que lo dejara caer.

Escrito por

Viajar, es mi pasión. La lectura, mi adicción. El café y el chocolate, mi sostén. Familia y amigos, mi conexión a tierra.

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