Quemando adrenalina

Hoy he batido un récord deportivo (en mi libro Guinness personal, por supuesto): 8,5 Km, resultado de mi frustración y mala leche.

Odio a mi compañero de carreras. Mientras yo conseguía a duras penas que me obedecieran las piernas, él no para de hablar. “Estás muy callada”, dice… Bendita inconsciencia, no sabe lo que bulle en mi cabeza. ¿Acaso no es un buen consejo lo de si bebes, no conduzcas? Pues lo mismo: si corres, no hables.

A pesar de todo, disfruto de su compañía. José es de los que exprimen al máximo la vida, habla por los codos y se ríe de las cosas que cuenta. Soy adicta a su chispeante personalidad. Aunque no quiera, siempre termino riéndome con él. Y cuando estoy taciturna —el estado de ánimo en que me encontraba esta tarde—, suelo dejar que lleve el peso de la conversación, así me centro en el amasijo de ideas que pueblan mi cabeza mientras le animo a seguir hablando con unos pocos sí, no, ajá… Pero seamos sinceros: al ritmo al que íbamos, tampoco es que pudiera hablar mucho que digamos, bastante tenía con no asfixiarme.

Entre unas cosas y otras, me preguntaba quién habría diseñado el trazado de ese carril peatonal-bici por el que a diario pierdo litros de sudor. Discurre de forma paralela a la M-40, oculta a la vista por una pantalla de vegetación formada por cedros, coníferas y arbustos, cuando no atraviesa parques, con lagos incluidos, donde adultos, niños y perros hacen vida social. A pesar del bello paisaje, hay dos tramos malditos con una inclinación inhumana, más propia de los caminos de montaña que de los que cabría pensar en la meseta castellana. El paso de mi compañero no se resiente —un motivo más para desear estrangularlo—, pero me anima ver, de vez en cuando, a algún ciclista que ha decidido no morir en el intento y subir a pie la transitada cuesta empujando su bici. ¡Cómo los entiendo! No puedo más que empatizar con su (imagino) dolor de gemelos.

Es, en esos tramos, cuando no me avergüenza agarrar de la camiseta a José, para que tire de mí. Las palabras malsonantes que con cariño me dedica —esas sí que las escucho—, hacen que me parta de risa.

Escrito por

Viajar, es mi pasión. La lectura, mi adicción. El café y el chocolate, mi sostén. Familia y amigos, mi conexión a tierra.

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